A treinta minutos de la casa de mis padres

10 04 2007

            Cuando empecé a dar forma a la idea de vivir solo, comencé por la premisa de que debía irme lo suficientemente lejos como para evitar que a mi familia se le ocurriese llegar caminando a hacerme una visita sorpresa – y tal vez hacer de la sorpresa una rutina-, pero lo suficientemente cerca como para –debido a alguna emergencia- pudiera ser yo quien llegase caminando a casa de mis padres. El viaje en bus estaba descartado para ellos. Por supuesto olvidé tomar en cuenta que mi padre, un hombre de casi 70 años, es muy aficionado a pasear en bicicleta y que en cualquier momento podría acercarse a mi nuevo espacio -¿estará bien ese nombre para esta pequeña habitación?- aunque eso no tendría importancia tratándose de él.

            Puse a prueba esa premisa casi seis meses después de mudarme, me quedé con los bolsillos en blanco, así que tuve que caminar al hogar de mis padres a ver si podía llenar el estómago con el almuerzo que casi seguramente mi madre no me negaría. Originalmente este blog iba a llamarse “A diez minutos de la casa de mis padres”, ese era el tiempo que yo estimaba me tomaría en llegar al lugar donde crecí… el título de estas líneas es más certero. Fue media hora de viaje paseando por las calles de Pueblo Libre y el Cercado de Lima: caminé toda la calle Valdelomar, crucé la Av. Bolívar y  al doblar por la calle Barcelona me encontré haciendo la misma ruta que me llevaba como hace quince años atrás a mi primer trabajo asalariado en una heladería del mercado de la Bolívar, yo era un estudiante de segundo año en la Universidad de San Marcos y conseguí ese empleo con el objetivo de comprar mi primera cámara fotográfica.

            Fue un mes de trabajo aburridísimo, despachando barquillos que se desmoronaban en las manos de clientes, para mi suerte ellos pensaban que yo no tenía la culpa de ver caer su helado al suelo y regresaban a comprar más. Caminando por la calle Barcelona sin querer me sumí en los recuerdos de lo más rescatable de ese mes, la música de radio Doble 9 que escuchábamos todo el día, Tobías, el administrador de la heladería, a quien años después volví a ver en televisión mostrándose en su nueva profesión: representante de luchadores de kickboxing, las meriendas que a base de helados y gaseosas nos preparábamos por las tardes, la simpática chica del Maxi –que hoy ha sido ocupado por un moderno supermercado- de quien no recuerdo el nombre, el olor de los jazmines de un jardín por el que pasaba de regreso a casa y que me acompañó todo es mes, la imagen de ese par de señoras muy mayores –hermanas, primas, amigas…- que tenían por costumbre pedir helados Cassata en un plato acompañado con miel de abeja, el maldito dolor en el hombro que sentía cada vez que debía sentarme a esperar a que algún cliente llegase.

            No me había imaginado que pudiera recordar tanto de un solo mes de trabajo. Llegando a casa de mis padres me percaté de que las cosas no habían cambiado mucho en todos esos años, yo mismo sigo siendo casi tan delgado como en aquel tiempo, mis padres continúan encontrando pretextos para enemistarse por un tiempo, tal vez algo que haya cambiado en algo sea esa cámara fotográfica que compré y que hoy he dado por perdida después de prestársela a un amigo. Lo cierto es que no hubiera podido acostumbrarme a ese trabajo como sí lo estaban los demás chicos de la heladería, la verdad no veía la hora de irme con la idea de hacer mi camino solo, como he tratado de hacerlo hasta hoy. Muchos años después sigo intentándolo, no sé si con éxito pero sigo intentándolo.

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One response

23 08 2007
Nila

Un post melancólico e intimista. Formidable!!

Una vez leí, que la vidas se reducía a poner la cara de lunea a domingo. Tu post me hizo recordar esa frase.

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