tres conciertos tres

21 04 2007

En los últimos días he asistido a una serie de conciertos de artistas que cultivan estilos musicales muy diferentes entre sí. En marzo, acompañado por unos cuantos miles de personas más, pude ver a un músico como Roger Waters y su sorprendente show “The Dark Side of the Moon”. La sola aparición de Waters en Lima era ya algo inusual y muy esperado por sus fans, un globo aerostático de color rosa y con forma de chancho fue lanzado al cielo limeño y los espectadores nos sentimos transportados hacia el lado oscuro de la luna, volando sobre una nube de sonidos imaginados por el artista muchos años atrás. Fue una experiencia nostálgica, sonora y visual, algo que los fanáticos del rock quisiéramos ver siempre por estos olvidados parajes.

el chancho de Roger Waters

Semanas después asistí al concierto de EVOC (East Village Opera Company), una sorpresa muy grata, un regalo de cumpleaños que me dieron un par de amigos muy queridos. Si poder ver a Roger Waters en Lima era algo impensado tiempo atrás, tener en nuestra ciudad un grupo como EVOC era por decir lo menos, desacostumbrado. Esta compañía de ópera combina ese género con el rock-pop, el rap, y otros estilos; es una mezcla que pudiera parecer forzada a primera vista, sin embargo esta mixtura de géneros no es nueva (Jesucristo Superstar, Tomy, ¿nos suenan conocidos?).
EVOC
Como sea, mi amigo Rodo se sintió admirado al estar en un concierto sin tener idea de cómo sería la performance del grupo, tan solo con una canción escuchada previamente como referencia. Debo confesar que la primera parte del espectáculo no me entusiasmó demasiado, pero el transcurrir de los minutos y temas posteriores me transportaron a una serie de sensaciones que había experimentado pocas veces con otros grupos. En verdad EVOC dejó una huella muy marcada en los espectadores que llenaron el vértice del Museo de la Nación.
La semana que pasó me animé a ir al último concierto de esta serie, fue en el CC. de España, tocaron dos notables músicos polacos: Marek Cholonieski y Lucasz Szalankiewicz. Fueron tres performances de música electrónica, que –especialmente en el caso de Cholonieski- me dejaron la grata sensación de haber presenciado el correcto uso de los sintetizadores, samplers y la tecnología al servicio de la música, Cholonieski utilizaba células fotosensibles para elaborar variaciones sonoras que eran reproducidas por computadora.
performance de Marek Cholonieski
Fue maravilloso ver cómo la luz de una lámpara y su acción sobre un aparato tecnológico se convertían en sonido y música.
Aunque mis gustos musicales son variados, tengo cierta predilección por la música electrónica, especialmente por esa manera tan suya de sorprenderme con sus sonidos y la forma en que estos se combinan y complementan. Sin dudarlo diría que este último concierto me dejó un recuerdo más placentero, si tener que quitarle méritos a Waters y EVOC, pero bueno uno tira por el camino que más le atrae ¿verdad?





A treinta minutos de la casa de mis padres

10 04 2007

            Cuando empecé a dar forma a la idea de vivir solo, comencé por la premisa de que debía irme lo suficientemente lejos como para evitar que a mi familia se le ocurriese llegar caminando a hacerme una visita sorpresa – y tal vez hacer de la sorpresa una rutina-, pero lo suficientemente cerca como para –debido a alguna emergencia- pudiera ser yo quien llegase caminando a casa de mis padres. El viaje en bus estaba descartado para ellos. Por supuesto olvidé tomar en cuenta que mi padre, un hombre de casi 70 años, es muy aficionado a pasear en bicicleta y que en cualquier momento podría acercarse a mi nuevo espacio -¿estará bien ese nombre para esta pequeña habitación?- aunque eso no tendría importancia tratándose de él.

            Puse a prueba esa premisa casi seis meses después de mudarme, me quedé con los bolsillos en blanco, así que tuve que caminar al hogar de mis padres a ver si podía llenar el estómago con el almuerzo que casi seguramente mi madre no me negaría. Originalmente este blog iba a llamarse “A diez minutos de la casa de mis padres”, ese era el tiempo que yo estimaba me tomaría en llegar al lugar donde crecí… el título de estas líneas es más certero. Fue media hora de viaje paseando por las calles de Pueblo Libre y el Cercado de Lima: caminé toda la calle Valdelomar, crucé la Av. Bolívar y  al doblar por la calle Barcelona me encontré haciendo la misma ruta que me llevaba como hace quince años atrás a mi primer trabajo asalariado en una heladería del mercado de la Bolívar, yo era un estudiante de segundo año en la Universidad de San Marcos y conseguí ese empleo con el objetivo de comprar mi primera cámara fotográfica.

            Fue un mes de trabajo aburridísimo, despachando barquillos que se desmoronaban en las manos de clientes, para mi suerte ellos pensaban que yo no tenía la culpa de ver caer su helado al suelo y regresaban a comprar más. Caminando por la calle Barcelona sin querer me sumí en los recuerdos de lo más rescatable de ese mes, la música de radio Doble 9 que escuchábamos todo el día, Tobías, el administrador de la heladería, a quien años después volví a ver en televisión mostrándose en su nueva profesión: representante de luchadores de kickboxing, las meriendas que a base de helados y gaseosas nos preparábamos por las tardes, la simpática chica del Maxi –que hoy ha sido ocupado por un moderno supermercado- de quien no recuerdo el nombre, el olor de los jazmines de un jardín por el que pasaba de regreso a casa y que me acompañó todo es mes, la imagen de ese par de señoras muy mayores –hermanas, primas, amigas…- que tenían por costumbre pedir helados Cassata en un plato acompañado con miel de abeja, el maldito dolor en el hombro que sentía cada vez que debía sentarme a esperar a que algún cliente llegase.

            No me había imaginado que pudiera recordar tanto de un solo mes de trabajo. Llegando a casa de mis padres me percaté de que las cosas no habían cambiado mucho en todos esos años, yo mismo sigo siendo casi tan delgado como en aquel tiempo, mis padres continúan encontrando pretextos para enemistarse por un tiempo, tal vez algo que haya cambiado en algo sea esa cámara fotográfica que compré y que hoy he dado por perdida después de prestársela a un amigo. Lo cierto es que no hubiera podido acostumbrarme a ese trabajo como sí lo estaban los demás chicos de la heladería, la verdad no veía la hora de irme con la idea de hacer mi camino solo, como he tratado de hacerlo hasta hoy. Muchos años después sigo intentándolo, no sé si con éxito pero sigo intentándolo.